Otra vez la misma película: Adolfo y Alberto nos quieren meter en una interna de ficción

No hay peleas, no piensan diferente y mucho menos se someten a una interna. Sólo quieren hacer creer que la discusión del próximo Gobernador es entre ellos y sacar del medio a cualquier otro candidato.

El manual de estilo de los hermanos Rodríguez Saá, aquellas reglas de comportamiento político con la que se manejaron durante las últimas cuatro décadas, tiene dos máximas: La primera es conservar el poder a cualquier precio, la segunda es la unión indisoluble del vínculo entre Adolfo y Alberto.

“Después de viejo, artista”, reza el dicho popular y es perfectamente aplicable a la realidad política provincial, Adolfo y Alberto están cerca de ser dos ancianos que pierden los pelos, pero no las mañas. Cuando parecerían estar en el ocaso buscan reinventarse con una interna que nunca existió y que no existirá a esta altura de los acontecimientos, es por eso que redoblan sus esfuerzos para mostrarse distanciados en temas sensibles y encuentran en algunos personajes secundarios actores esenciales para sumar dramatismo a una novela con poco argumento.

La intención es clara, el efecto que buscan también, intentan llevar a los protagonistas a una discusión que sea entre dos, casualmente los hermanos del mismo proyecto. Es por tal situación que las escenas se plantean de modo tal de sacar de la película a cualquier otro actor que pudiera opacarlos e insisten en parlamentos traídos de los pelos.

El actor Alberto debe encarnar al personaje irascible, el que está en contra de todo y su posición de rebelde puede llevarlo a enfrentarse a su propia sangre. Al actor Adolfo le toca caracterizar al personaje que oscila entre dos mundos que parecieran ser disímiles, se muestra con Macri pero reniega del gobierno nacional y busca ser el sucesor de su hermano, que hasta el momento se muestra como posible contrincante en una batalla nacional. Condimentos de una película que cae en lugares comunes y que los mismos actores ya protagonizaron hasta el hartazgo.

Sucede que los guionistas de esta triste puesta en escena se encuentran frente a una situación que antes no habían vivido, surgió otro actor de peso que puede hacerles tambalear su popularidad y arrebatarles las luces del éxito y llevarlos al ostracismo, se llama Claudio Poggi y es la contrafigura a desbancar.

La estrategia de los hermanos, que ofician de guionistas y directores, es quitarle protagonismo a Poggi y hacernos creer que la trama gira en torno a dos personajes que después de viejos quieren cambiar de estrategia y que entre ellos está el próximo Gobernador. Así, propios y extraños compraran las entradas para ver la secuela y tomarán partida hasta llegar al final feliz donde ambos se reencuentran y sale un solo candidato, claro que a esa altura habrían borrado de la discusión al tercero en discordia.
Dos malos actores que apelan en esta película a repetir los chiclés más trillados de las entregas anteriores donde los únicos que triunfaban eran ellos. No hay peleas, ni mucho menos internas, sólo un esfuerzo desesperado para seguir en cartel.

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