Entrevista a el astronauta que estuvo 340 días en el espacio: “Volvería hoy mismo”

Su cuerpo perdió masa ósea y muscular, no ve bien y recibió una radiación impresionante. Publicó un libro y contó su experiencia.

En el espacio exterior hay un lugar con una gran pantalla frente a la cual 3 personas miran Gravedad, la película donde Sandra Bullock lidia con las llamas en la Estación Espacial Internacional (ISS).

Los espectadores se miran entre sí, algo incómodos: no es agradable ver cómo se incendia tu propia casa mientras estás a más de 400 kilómetros de la Tierra.

Uno de ellos es Scott Kelly, el astronauta estadounidense que más tiempo pasó por ahí.

231.498,541 kilómetros recorridos.

10.880 amaneceres y anocheceres.

5.440 órbitas alrededor de la Tierra.

340 días en el espacio.

Fue noticia en marzo de 2015, cuando la NASA lanzó una misión de un año de permanencia en la ISS. Fue en conjunto con la Agencia Espacial Federal Rusa (Roscosmos) y el principal objetivo era determinar el impacto biológico, físico y psicológico de una misión de larga duración. Con un futuro viaje a Marte en el horizonte.

Como Scott tiene un hermano gemelo, Mark, también de la NASA, su cuerpo fue comparado al regresar a la Tierra y los resultados fueron impactantes: reducción de masa muscular y ósea, visión afectada y niveles de radiación equivalentes a los que se obtendrían si una persona se realizara 10 placas de tórax por día durante un año.

Pero aunque Scott es una celebridad del espacio -como un youtuber sideral, mostró decenas de experimentos a todo el mundo- también se transformó en alguien que decidió contar lo que sintió, pensó y experimentó junto a sus colegas rusos Guennadi Pádalka y Mijaíl Korinenko durante ese año. Y lo hizo en un libro que se titula Resistencia (Debate, 448 páginas, 469 pesos).

Ya retirado, desde su casa en Houston, Scott habla con Clarín por teléfono. Su voz suena agotada, como si los 340 días en la antigravedad lo hubieran cansado demasiado y tuviera que dormir en una cama en la Tierra durante un año entero.

─Antes que nada, felicitaciones por el matrimonio. Hay que actualizar la introducción del libro, donde usted dice que con Amiko no tenían pensado casarse.

─¡Muchas gracias! Sí, hay que cambiar eso. Cuando escribí el libro sentíamos que no hacía falta. Pero un año en el espacio cambia mucho.

─De chico le gustaba la idea de manejar aviones y finalmente terminó en la Estación Espacial, que es “más como un barco que un avión”, según sus palabras. ¿Podría explicar esto?

─Entré en la Marina para volar aviones navales. Mientras el programa espacial se desarrolló durante los últimos 20 años pasamos de comandar el Space Shuttle a la ISS, que como un barco: el sistema de controles es distintos, se maneja más bien remotamente desde la Tierra o de manera automática. No la piloteás.

─¿Qué sentía allá arriba al leer noticias sobre el mundo? ¿Pensó que la Tierra es algo más dentro del universo, el “pálido punto azul” del que hablaba Carl Sagan?

─Bueno, no la llamaría un “punto” porque es bastante grande la Tierra. Quizás porque es redonda… Pero entiendo a lo que apuntás: la idea de que hay cosas sucediendo allá abajo, en este planeta del cual estás separado. Cuando leés una mala noticia te sentís todavía un poco aislado. Se siente una separación que es difícil de explicar. Y se siente pena a veces, porque todo eso que se está haciendo ahí abajo se podría hacer de otra manera.

─¿El espacio le dio una concepción más relativa de usted mismo y del mundo?

─Es paradójico. Estar lejos te hace estar más en contacto con los problemas y los desafíos de la gente en la Tierra porque ves al planeta sin fronteras políticas. Es más fácil ver que somos todos parte de una gran cosa llamada humanidad y que somos algo más en todo eso que está ahí abajo. Quizás los que estamos en el espacio estamos más en contacto con los problemas del ambiente, por ejemplo. No me creerías si te dijese cómo se ve Asia de contaminada. Y quizás te da más perspectiva de la condición humana, o como quieras llamarlo.

El espacio no es un lugar que se pueda decir “sencillo”. Ahí la tarea cotidiana más simple, como cambiarse o almorzar, es todo un desafío: la antigravidez dificulta absolutamente todo.

Esto está contado con lujo de detalle en el libro, y cada tarea se vuelve desopilante.

Casi un año sin sentarse, acostarse o ponerse un par de medias tranquilo en el borde de su cama.

“Para lavarme los dientes, por ejemplo, tenía que tragar la pasta porque no podemos escupirla”, cuenta.

Al volver experimentó mucho malestar, mareos constantes, dolores de cabeza y desorientación. Además de una “extraña” atracción hacia la Tierra.

─¿Tuvo que olvidarse de cosas como “arriba-abajo” e “izquierda-derecha”?

─Hay una orientación específica dentro de la ISS que te ayuda respecto de qué es arriba y qué es abajo. Generalmente se basa en la iluminación, que se encuentra siempre “arriba”. Es uno de los principales indicadores, porque es mucho más cómodo tener las luces por encima de nuestras cabezas que en cualquier otro lugar. Otra cosa que indica es la orientación de las etiquetas. Si los etiquetados y los indicadores de la aeronave no estuviesen orientados en la misma dirección y fuesen aleatorios, sería realmente muy molesto.

─¿Qué era lo más molesto de su cotidianidad?

─Todo se torna desafiante. Tomar agua, cambiarse la ropa, ¡mancharse! Tenés poca ropa allá arriba. Pero sin dudas los niveles de dióxido de carbono que emitimos son lo peor. Se concentran más que en un espacio abierto y tienen un efecto muy negativo en el cuerpo: te mareás, sube la presión sanguínea, la respiración se te acorta, transpirás más. Es tremendamente molesto, produce un dolor de cabeza muy particular.

“La ducha es algo imposible. Durante un año la higiene se limitaba a pañuelos.”

Scott Kelly
─¿Es más incómoda que divertida la falta de gravedad?

─¡Es muy divertida! Pero sí, por momentos es muy molesta. Hace que cualquier cosa básica que hacés en tu día a día sea un desafío. Todo se hace difícil cuando estás flotando. ¿Sabías que la NASA tiene una lista de objetos perdidos? Cosas que están flotando por la ISS. Un objeto pasó 8 años perdido, hasta que lo vimos dando vueltas por ahí.

─¿Tenía la necesidad de saber qué hora era o en qué momento del año estaba?

─Constantemente. Seguíamos el horario Greenwich Mean Time (GMT), el del Observatorio Real de Greenwich en Londres. Pero hay algo bastante particular: no tenés los ciclos de día y noche como tenés en la Tierra. El sol se sale y se pone cada 90 minutos. Pero tenés un reloj encima, relojes en las computadoras. Es muy importante el tiempo, no es algo simplemente regulado por el amanecer o el atardecer.

El objetivo de la NASA y Roscosmos fue recopilar información para reducir los riesgos que conllevaría una misión de tiempo prolongado a destinos como la Luna, asteroides y, por supuesto, la obsesión del espacio: Marte.

A partir de Scott y sus compañeros, hoy ya se conocen algunos de los problemas que el cuerpo humano tendría que enfrentar: ellos fueron, en sí mismos, experimentos.

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