Un cumpleaños, una muerte inventada y una irresponsabilidad que no admite excusas

El medio de difusión de Alberto Rodríguez Saá festejó su cumpleaños y, en la misma jornada, publicó una noticia falsa sobre un supuesto hecho de violencia con una persona fallecida. Finalmente, se comprobó que el fallecido mencionado en la publicación no existía.

La jornada en la que Alberto Rodríguez Saá cumplía años dejó una escena difícil de explicar para un medio de comunicación que pretende informar a la sociedad puntana.

 

Mientras desde La Dosis Puntana se difundía una publicación celebrando los 77 años del exgobernador, otra publicación del mismo espacio anunciaba, con la estética de una noticia de último momento, que se investigaba un supuesto hecho de violencia frente al Teatro, en el que habría una persona fallecida.

 

El impacto de un titular semejante es evidente: habla de violencia, de una investigación y, sobre todo, de una muerte. No se trataba de una opinión ni de una interpretación política. Era presentado como un hecho ocurrido.

 

Pero el dato central era falso.

 

La persona fallecida que mencionaba la publicación no existía. La información fue finalmente desmentida por la realidad, dejando expuesta una situación que excede cualquier discusión partidaria: la responsabilidad elemental que debe tener un medio antes de informar sobre la muerte de una persona.

 

Hay, además, un elemento particularmente preocupante en las publicaciones: ambas aparecen identificadas en Facebook como “Contenido de IA”. La utilización de herramientas de inteligencia artificial puede servir para producir contenidos, pero jamás reemplaza la obligación periodística de verificar los hechos, especialmente cuando se trata de una denuncia de violencia o de una supuesta muerte.

 

Un error puede ocurrir. Pero publicar un fallecimiento inexistente, convertirlo en un supuesto “último momento” y presentarlo ante miles de personas no puede naturalizarse como un simple error de redes sociales.

 

¿Quién verificó la información antes de publicarla? ¿Qué fuente confirmó la existencia de la supuesta víctima? ¿Quién asumió la responsabilidad por el contenido?

 

Las preguntas son inevitables.

 

La libertad de expresión y la disputa política no eximen a nadie de la responsabilidad de informar con seriedad. Y cuando se inventa —o se difunde sin verificar— la existencia de una persona fallecida, el límite ya no es solamente político o editorial: se afecta directamente la confianza pública en la información.

 

Festejar un cumpleaños es una cosa. Inventar un muerto para generar impacto informativo es otra muy distinta.

 

La gravedad del episodio debería servir, al menos, para recordar una regla básica del periodismo: antes de publicar una noticia, hay que comprobar que sea verdad. Y mucho más cuando se está anunciando que alguien murió