«Devoradores de hijos, víctimas del tiempo». La imperdible columna de opinión de Héctor Ghiretti

El Profesor de Filosofía Social y Política realiza un exquisito análisis de la historia reciente de San Luis y del futuro inmediato. Tiranos en la historia y la comparación con los hermanos Rodríguez Saá.

Héctor Ghiretti escribe su columna de opinión en el diario Los Andes, a continuación la publicación del matutino.

Devoradores de hijos, víctimas del tiempo

La tradición del pensamiento político nos ha dejado una imagen distorsionada de la tiranía. Para Platón y Aristóteles era el más corrupto e ilegítimo de todos los regímenes. La posteridad identificó al tirano con el gobernante venal, despiadado, codicioso y sanguinario. Para los antiguos griegos de las ciudades del Asia Menor, no obstante, el «tyrannos» era el hombre fuerte que ponía fin a situaciones de anarquía o acefalía. Cumplía una valiosa función política que era restablecer el orden valiéndose de la suma del poder, en tiempos en que los gobiernos tenían una estabilidad más precaria que hoy.

Pero si por un lado los clásicos no tenían particular simpatía por los tiranos, tampoco estaban enceguecidos con las ideologías que hoy nos nublan la comprensión de lo político. Para ellos la legitimidad política no provenía del origen del poder sino del uso que se hacía de él. Un tirano que hubiera tomado el poder a sangre y fuego podía comportarse como un digno gobernante diligente con la felicidad de su pueblo. Pero cuando el orden y las leyes volvían a regir, los ciudadanos empezaban a pensar que el yugo del tirano ya no era necesario. Triunfando, el tirano se autocondenaba a la desaparición. Tenía por su parte varios argumentos para resistirse a dejar el poder. La practicidad: ¿por qué cambiar si así estamos bien? El aspecto sentimental: ¿es así como me agradecen haber restablecido el orden? El temor: para conseguirlo tuvo que destruir y enajenar bienes, mancillar honor y dignidades, herir y derramar sangre. Sus enemigos son muchos y su seguridad depende de su fuerza para disuadirlos. Es probable que la imagen del tirano que nos ha llegado sea la de estos hombres indefectiblemente atados al poder.

Mucho tiempo después, con las primeras revoluciones europeas, los principios liberales, republicanos y democráticos se esparcieron por el mundo. No podía ser de otro modo: eran las potencias mundiales las que los habían adoptado. Pero estas diversas tesis de la soberanía ascendente no solamente fueron acogidas por quienes serían sus partidarios. Las nuevas ideologías planteaban un claro desafío a las monarquías de la época. Era preciso introducir procesos de modernización tecnológica y económica que permitieran no solamente no perder el paso de las grandes potencias sino también atenuar los conflictos que podían inspirarse en las ideas que ellas propagaban. Promover la modernización económica y tecnología y prevenir la modernización política: combinación nada fácil. Surgieron así las monarquías modernizadoras.

Bajo la tutela de un régimen político tradicional promovían políticas de transformación que terminarían provocando cambios mucho más profundos que los esperados. Fue el caso de Rusia en el s. XVIII, Prusia y Japón en el s. XIX. El esquema fue imitado por otras formas políticas, con un propósito diverso. Se trataba de preparar a los pueblos atrasados para la modernidad plena, echar las bases materiales e intelectuales de la nueva sociedad. A esa inspiración respondieron las repúblicas oligárquicas que surgieron en América Latina a mediados del s. XIX y muchas dictaduras militares del s. XX.

A su modo, el largo gobierno de los Rodríguez Saá en la provincia de San Luis responde a este esquema de modernización bajo un gobierno autoritario. Originariamente no se distinguieron de otros caudillos provinciales que conquistaron el poder con la restitución de las instituciones democráticas. Pero una reforma constitucional oportunamente digitada les permitió retener el poder con el solo límite de su voluntad. Los caciques puntanos mostraron entonces sus cualidades distintivas. Pusieron en marcha un vasto y continuado proyecto de transformación que sacaría a la provincia de su secular atraso. Potenciaron el desarrollo económico a través de políticas de promoción de sectores productivos, obras de infraestructura y avance tecnológico, educación y prestaciones sociales para sus habitantes. Todo esto dentro de un régimen de equilibrio presupuestario y bajo la conveniente fachada de normalidad institucional y legitimidad democrática.

Los Rodríguez Saá lograron aquello en lo que fracasan los grandes reformadores: crearon una nueva identidad colectiva que ahora conocemos como la puntanidad. El resultado puede apreciarse también desde una perspectiva comparada. En el contexto regional, la brecha en materia de desarrollo económico e infraestructura entre la muy institucional y republicana Mendoza y las menos institucionales y republicanas San Juan y San Luis, se ha ido cerrando en beneficio de estas últimas. No siempre una cultura política avanzada redunda en progreso material.

La mejor muestra del modelo exitoso de los Rodríguez Saá fue -paradójicamente- la dura derrota por casi 20 puntos que sufrieron en las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) en agosto. En esa ocasión pudo verse una incipiente sociedad civil producto de tres largas décadas de desarrollo que, a partir de su voluntad de poder y de la articulación de demandas propias, se atrevió a decir a los viejos caudillos que su tutela ya no era necesaria. Fue un reclamo por la modernización política.

Los Rodríguez Saá se enfrentaron al dilema de los antiguos tiranos. Su razonamiento fue el mismo: el beneficio de la continuidad, el temor a perder el poder. Hasta el despecho que «el Adolfo» mostró de forma tan elocuente en los videos que grabó para sus comprovincianos. Su reacción fue brutal, también al modo tiránico. No sabemos si hubo aprietes o violencia, aunque no habría que descartarlas. A golpe de chequera, empleos, terrenos, becas, electrodomésticos para electores y promesas de obra pública a los intendentes fieles, consiguieron revertir los resultados de las PASO, ganando las legislativas de octubre por 10 puntos.

Los caudillos retuvieron el poder oponiéndose a la voluntad de los sectores más dinámicos de la sociedad puntana -aquellos que se habían beneficiado en mayor medida de sus políticas de modernización- y apoyándose en los sectores más relegados, los marginados del modelo de crecimiento, los más sensibles a las viejas prácticas de clientelismo y el asistencialismo. Cuando ese «San Luis, otro país» por el que tanto trabajaron se les volvió en contra, recurrieron al San Luis de siempre, el del atraso, la pobreza y la precariedad. Ése que nunca ha dejado de estar.

¿Cuáles serán las consecuencias de aferrarse desesperadamente al poder? Quizá la ingratitud que perciben de los principales beneficiarios de su gobierno les hagan revisar sus proyectos de modernización. Quizá prefieran seguir confiando en las viejas prácticas clientelares para retener el gobierno. Es posible que los Rodríguez Saá hayan profundizado una grieta en la sociedad puntana, poniendo a unos contra otros.
Cuenta la mitología griega que Cronos, padre de los dioses, con el objeto de evitar que sus hijos se alzaran contra él y lo destronaran -él había hecho lo propio con su padre Urano- los devoraba no bien nacían. Pero su esposa Rea logró ocultar al pequeño Zeus que, una vez adulto, se rebeló contra su padre y lo derrotó.

Respecto de los Rodríguez Saá, la analogía puede aplicarse de dos modos opuestos. Como Cronos, aterrados por el poder que tendría su descendencia. O como inexorables víctimas del dios del Tiempo, implacable en sus designios. En cualquier caso, el porvenir ya no parece serles propicio.

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