José Mourinho, un mal perdedor que atraviesa su peor momento

Es uno de los entrenadores más ganadores de la historia. También uno de los más polémicos. Ahora, no puede enderezar el rumbo del Chelsea de presupuesto récord. Está más cerca del descenso que de un nuevo título. Igual insiste en que es el mejor.

“Siempre es difícil perder para quien no está acostumbrado”. La frase la dijo él mismo, en tiempos del Real Madrid. Pero ahora, como nunca, se le transformó en su escenario cotidiano. José Mourinho, uno de los entrenadores más exitosos de todos los tiempos, está en el peor de sus momentos: con la derrota del sábado frente al Liverpool, el Chelsea se ubica decimoquinto en la Premier League, muy cerca del descenso, muy lejos de la zona de Champions League, a años luz del liderazgo. Es el peor arranque de un defensor del título en esta competición. Para colmo, tampoco da muchas señales de vida en las Copas: en días recientes se quedó afuera muy temprano de la League Cup (la tercera disputa en importancia del fútbol inglés) contra Stoke City. “The only way is José” (el único camino es José) decía un cartel pequeño escrito con letras celestes en la última presentación del equipo en Stamford Bridge. No era el único apoyo de una hinchada que lo valora y lo adopta como uno más de los hombres vestidos de azul. Pero no alcanzó ese cariño para deshacer el desencanto de Mou.

Ante este presente de derrota, con un Mourinho cuestionado por todos lados, con jugadores que ya no le responden como en los días felices, asoma el fantasma de una partida prematura. Tras la sexta caída en once fechas, el personaje que siempre habla mucho eligió callar. Expresó apenas: “No tengo nada que decir, no estoy preocupado sobre mi futuro en el Chelsea…”. Sin embargo, es una verdad desnuda que su futuro está más cerca del Principado de Mónaco que de la capital inglesa. Ya trascendió: Alessandro Proto, accionista del club monegasco, acordó una entrevista con el magnate ruso Roman Abramovich -propietario del Chelsea- para contratar a Mourinho. Cuentan que ofrecerá 50 millones de euros para lograr la rescisión. Quiere llevarse sí o sí al hombre que odia perder.

Mientras tanto, Mou luce convencido de los mandatos de siempre. Insiste en que la derrota es más un pecado imperdonable que una circunstancia del juego. Se lo dijo Jurgen Klopp, el técnico alemán del Liverpool, antes del partido del último fin de semana: “Es un trabajo, no la guerra”. Hoy al portugués le toca esa otra cara de la moneda. No soporta la situación: le da ira. Cada escena que continúa a un tropiezo lo muestra como un mal perdedor. Ahora, en esta temporada de caídas frecuentes, hasta le echó la culpa de una derrota a la médica del plantel, Eva Carneiro. Ella había cumplido con su deber. El la acusó de no entender nada de fútbol. Y la apartó de su tarea. Es así este portugués nacido hace 52 años en Setúbal: incorregible, inabarcable, exitoso, déspota, carismático, despreciable.

El fútbol no arribó a su vida por talento de cuna. Jamás fue futbolista. No era bueno con la pelota en los pies. Heredó su pasión por este deporte de su padre Félix, alguna vez arquero del Vitoria Setúbal. Mourinho comenzó su camino como ayudante de dos entrenadores destacados: trabajó junto a Bobby Robson en Sporting Lisboa y con Louis Van Gaal en Barcelona. Era el traductor. Por aquella función complementaria la actividad se le transformó en apodo, sobre todo en el Camp Nou cada vez que iba con otro equipo. El respondía con gestos recordando su palmarés, su inocultable condición de acaparador de títulos. Y decía, ante los rechazos del contorno: “Si ni siquiera Jesucristo caía bien a todo el mundo, imagínense yo”.

Su camino como técnico principal comenzó en 2001: condujo al Benfica -durante una suerte de interinato- y luego pasó al Uniao de Leiria, un equipo menor de la Liga de Portugal. Sorprendió y pegó el primer gran salto: al joven desconocido lo contrató el Porto. Y allí, construyó el ciclo más exitoso del club: ganó seis títulos en dos temporadas, entre ellos una Champions League. Fue la última vez que La Orejona permitió un asombro en su pedestal. No era casualidad lo que sucedía en las librerías: la biografía “José Mourinho-Hecho en Portugal” era best seller en su país. Ahora, en el estadio Do Dragao, una estatua lo recuerda. Previo pago de los 12 euros de la entrada al museo del club, la gente -hinchas, turistas, cholulos diversos- hacen cola para sacarse una foto allí, junto al mito.

Tras aquella experiencia memorable, siguió su búsqueda ascendente. Tantos triunfos llamaron la atención de Abramovich. Quería que Mou cambiara los millones del presupuesto por trofeos en las vitrinas del Chelsea. Al llegar a Stamford Bridge se presentó con una frase que le valió otro apodo, The Special One, y más polémicas: “No me llamen arrogante. Pero soy una persona especial. Me pueden llamar así”. Y añadió otra sin ponerse jamás colorado: “Vengo de ganar todo en Porto. Allí viene Dios y, justo después de Dios, yo”. Ante la adversidad y las críticas respondía con astucia y con grandilocuencia: “Un amigo mío dice que con todas las piedras que lanzan contra mí se podría hacer un monumento”. En aquel primer ciclo le fue bien: obtuvo seis títulos locales, pero se quedó con un espina de las que más le duelen: no pudo ganar la Champions, esa obsesión que tenía el Chelsea. La maldición de los Blues de Londres se rompió poco después de su partida, con un técnico sin divismos, el italiano Roberto Di Matteo, quien levantó el máximo trofeo continental en 2012.

Entonces, en esos días en Londres, ya era un personaje central del fútbol de Europa. El periodista y escritor John Carlin lo describía así, en el diario El País, de Madrid: “Está empezando a demostrar tendencias subversivas de este tipo. No es, ojo, que haya perdido esa colosal arrogancia. En sus últimas declaraciones, publicadas ayer en Inglaterra, decía que, sin él, jugadores como Frank Lampard y John Terry hubieran sido unos don nadie; que, privado de un ‘líder’ como él, que está presente en los más mínimos detalles del equipo, que con una mirada es capaz de cambiar el rumbo de un partido, el Chelsea seguiría hundido en la mediocridad. Lo nuevo no es que se mire a sí mismo con admiración. Lo nuevo es que empiece a ver el fútbol, y su papel dentro de él, con ironía”. Para Mou siempre fue difícil escaparle al personaje. Detalle curioso: fracasó siempre en sus escasos intentos.

En Inter -su paso siguiente- también abrazó el éxito: cinco títulos en dos campañas, entre ellas otra Champions. Entonces, la FIFA lo reconoció como el mejor del mundo. Lo vivió con una naturalidad que mucho se parecía a la soberbia. En el Real Madrid conoció que la derrota era una posibilidad: el Barcelona de Pep Guardiola se transformó en su Bestia Negra. O blaugrana. Igual Mou ganó tres títulos. Poco -quizá- para un club en el que el segundo puesto cuenta como fracaso. Sin embargo, esta misma semana, en una entrevista con el diario Independent, Alvaro Arbeloa -jugador de aquel plantel de la Casa Blanca- brindó una mirada interesante sobre ese ciclo: “Nadie tiene en cuenta cuando juzga el período de Mourinho en España que, si no hubiera venido al Madrid cuando lo hizo, Pep Guardiola habría seguido ganando con el Barça. Nos enfrentamos a uno de los mejores equipos de la historia. Guardiola podía haber estado en el Barcelona 25 años, como Ferguson en el United, era perfecto para el club. Pero Mourinho fue capaz de hacerles bajar de la nube. No recibió suficiente crédito por eso”. Más allá de los resultados, en aquellos superduelos Mou seguía demostrando cuál era su reacción ante la derrota. El dedo en el ojo de Tito Vilanova quedará para siempre como un paradigma de la deslealtad deportiva.

Amigo de la autorreferencia, cuando arribó a su segundo ciclo en Chelsea dijo que era The Happy One. Era un modo de contar su alegría ante su primer regreso a un club. Su primera temporada -la pasada 14/15- fue un éxito. Ganó la Premier League de punta a punta literalmente. Jamás se bajó de la punta. De local, ante su gente, hizo lo de siempre: fue implacable. Quince victorias y cuatro empates que se sumaban a los 46 triunfos y catorce empates en su primera etapa en Stamford Bridge. Ninguna derrota. En paralelo, ganó la League Cup. Pero la Champions otra vez le resultó un territorio de complicaciones: el Paris Saint Germain lo eliminó en los octavos de final. El segundo semestre de 2015 fue la contracara de toda su historia que involucra 22 títulos en más de 700 partidos dirigidos. Perdió contra los que nunca perdía (el Arsenal de Arsene Wenger le ganó la final de la Community Shield), cayó tres veces en su cancha inexpugnable, vio cómo equipos a los que antes goleaba ahora le juegan de a igual a igual, como el West Ham o el Crystal Palace. Y algo más: escuchó críticas de todos lados, incluso de sus jugadores recientes. El último en pasarle una factura fue Samuel Eto’o, a quien alguna vez separó del equipo “por viejo”.

Aparece en todos los televisores en cada partido. Las imágenes se reproducen por los rincones más variados del mundo. Gesticula, grita, se enoja, salta, arenga, se fastidia, se pelea; vuelve a gritar y a quejarse. No suele pedir disculpas. No es su estilo. Lo exhiben más que a muchos jugadores. Antes y después del juego, en cada conferencia, “es el puto amo”, según dijo Guardiola. Por momentos, parece que actuara de él mismo para un documental en presente continuo. Llegó a decir que George Clooney debería ser el actor elegido para protagonizar la película de su vida. A esa biografía no le debería faltar una anécdota que retrata al protagonista en cuestión: en 2007, Mourinho fue detenido por Scotland Yard. Lo acusaban de “obstrucción a la Justicia” porque se había negado a entregar su perro Yorkshire Terrier, que debía ser mantenido en cuarentena. Se quejó con sus formas y con toda su vehemencia. Insistió sin éxito hasta el final. También en eso quería ganar el irascible Mister Mou. Pero no, esa vez no pudo. Ahora en Chelsea, tampoco. Al menos por ahora…

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