Naufragó 438 días en el mar y afirma: “Fui feliz, no te miento”

Una impresionante y cruda entrevista con Salvador Alvarenga, el náufrago que sobrevivió a una travesía casi inimaginable y que ahora vive con la sospecha de que se comiera a su compañero de embarcación.

El 18 de noviembre de 2012, Salvador Alvarenga zarpó al mar en un viaje rutinario de pesca. Lo que no sabía es que no volvería a pisar tierra firme hasta 438 días después. Su compañero Ezequiel Córdoba, de 22 años, y él quedaron atrapados en una tormenta que quebró el motor de la lancha, de apenas 25 pies (7,62 metros). Y luego, a la deriva durante largas semanas.

A los dos meses, Córdoba falleció (la familia del chico especula ahora con que Alvarenga se lo comió para sobrevivir). Con la verdad que él solo conoce, Alvarenga prosiguió un viaje de tintes casi bíblicos y homéricos, hasta alcanzar las costas de la islote de Tile, perteneciente al atolón Tibe de las Islas Marshall.

Interesado por esta historia excepcional, el periodista estadounidense Jonathan Franklin habló con Alvarenga al menos en 40 ocasiones. De esas conversaciones surgió el libro Salvador. La increíble historia de Salvador Alvarenga y sus 438 días a la deriva, que ahora publica en castellano la editorial Alienta.

Un año después de contar su historia, Salvador brindó esta entrevista:

Cuentas que, al ser alcanzado por la tormenta que provocó el naufragio y estando a la deriva, tiraste por la borda 23 kilos de sardinas. ¿Nunca pensaste que aquello podía ir para largo, como finalmente ocurrió?
Lo pensé, y en ese momento ya tenía claro que de ahí no había ni barco ni avión que nos sacase. Habíamos naufragado. Pero en ese momento, si no me deshacía de todo el peso que llevaba la lancha, la barca se hubiera hundido y me hubiera muerto. Por eso, pensé en sobrevivir entonces. Al día siguiente ya pensaría cómo me las apañaría sin comida.

Empiezan a pasar los días y te ves solo, con tu compañero Ezequiel Córdoba. Rodeados de agua, en una embarcación de 7 metros… ¿Cómo se convive con una persona en un espacio tan pequeño, cuando todo está perdido?
Yo llevaba 15 años pescando y él era el primer viaje que hacía al mar. Tras la tormenta, yo le dije que habíamos naufragado y él se puso a llorar. Desde ese momento intenté convencerle de que se serenara y de que ocupara la mente. Le insistía en que nos rescatarían. Hasta el séptimo día de naufragio no habíamos bebido ni comido nada. Comencé a beberme mi propia orina e intentaba engañarle, diciéndole que estaba sabrosa. Pero él se negaba y la tiraba por la borda. Lo mismo ocurría con la sangre de tortuga. En esas circunstancias, yo sentía una felicidad que no te imaginas, porque la sangre es dulce y es pura agua. Pero él tampoco la bebía. Se quejaba mucho, decía que quería comida. Yo no le obligaba, solo trataba de animarle y le decía que tuviera fe en Dios, que nos iban a sacar de ahí.

¿De qué hablában? ¿No los doblegó el aburrimiento o sus diferencias?
No me aburrí nunca, la verdad. Siempre tenía cosas que hacer. Al principio él me enseñó su religión [era evangélico]. Me enseñó a cantar, a rezar. Yo no creía en nada, ni había ido nunca a una iglesia. Pero en esas circunstancias tuve una fe como nunca había tenido. Él rezaba a sus santos y yo a los míos. Pero hubo un momento en el que él dejó de rezar. El estrés, el dolor del hambre, la desesperación y el miedo por cualquier cosa hicieron que se rindiera. Cuando aparecía un pez grande él se asustaba, mientras yo lloraba de felicidad porque significaba comida. Él comía a pedacitos y yo lo saboreaba como si fuera un manjar. Al final, él se retiró a un rincón y, de manera abnegada, se dispuso a morir.

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Y a los dos meses murió. ¿Qué se siente cuando, además de estar a la deriva, te has quedado completamente solo?
Lloré, lloré mucho. Lo abracé, comencé a preguntarle cómo se sentía, él estando muerto. Le mantuve en la barca porque quería saber qué era estar muerto. Quería que él me diera una respuesta para ver si yo daba también el paso hacia la muerte. No tiene sentido, pero es lo que hacía. Hasta que me di cuenta que tenía un cadáver en frente que estaba tieso y al que se le empezó a hundir la cara. Eso era la muerte: nada. Comencé a tener miedo y me dije que tenía que deshacerme de él. No me daba la conciencia, ni el corazón. Me decía a mí mismo: ¿con quién voy a hablar? Aunque fuera un muerto, podía hablar con alguien. Al final tomé la fuerza, y me deshice del cuerpo.

Su familia te ha denunciado porque piensan que te lo comiste…
Cuando él murió teníamos comida: unos 20 pájaros, tortugas, pescado seco… Nunca se me pasó eso por la mente. Yo fui a darle el pésame a su madre, tal como había acordado con él. Hicimos el trato de que el que sobreviviera iría a dar la noticia a la familia del otro.

¿Qué hiciste después?
Después de lanzar el cadáver al mar, me desmayé. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Volví en mí y él ya no estaba. Me puse a llorar y a arrepentirme de lo que había hecho. Comencé a preguntarme cómo moriría yo, si me atacaría un tiburón, si me ahogaría, si moriría de sed o abrasado por el sol… Al día siguiente intenté suicidarme. Era la segunda vez. Me puse el cuchillo en el cuello pero no tuve la suficiente fuerza. En el fondo, yo no quería morir. Tenía una esperanza dentro de mí que me decía que Dios estaba conmigo y que si me mataba, no iba a tener su perdón. Le dije a Dios que no volvería a desesperarme, aunque lo intentaría dos veces más. A los 20 días de eso, se me olvidó Ezequiel. Pensar en un muerto no me dejaba pensar en sobrevivir. No me interesaba. Me adapté al mar. Iba a hacer del mar mi mundo hasta que Dios quisiera llevarme o hasta que me salvara.

¿Cómo haces “del mar tu mundo”?
Hablaba en voz alta, rezaba en voz alta, gritaba, caminaba de un lado a otro de la barca para mantener la mente ocupada. Me bañaba, no me tiraba, pero me agarraba a la barca e intentaba coger las ostras que se habían formado en el casco. Cerraba los ojos, le pedía a Dios que no me pasase nada, que cuidara de mi brazo, lo metía abajo y sacaba comida. Pescaba de todo, con las manos, las uñas. Cazaba pájaros, jugaba con ellos. En una ocasión pesqué un pez globo que no valía para nada. Se lo eché a los pájaros que se posaban en la cubierta y mientras ellos se aporreaban por el pez, yo me imaginaba que estaba viendo un partido de fútbol. Cuando terminaba el festín, me imaginaba quién había ganado y quién había perdido. Eso me ayudaba a distraerme.

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¿Cómo se caza un pájaro con las manos?
Pensé en imitar la técnica de los gatos al cazar. Cuando había pájaros en la borda, me arrastraba sigilosamente hasta que, deslizando la mano, les inmovilizaba las patas contra la barca. Me despedazaban la piel a picotazos [enseña sus cicatrices en el antebrazo], pero el dolor no era nada comparado con la felicidad de comer. Una vez, postrado de rodillas mientras rezaba, se me posó uno encima. En ese momento yo era una mata de pelo que me daba una apariencia de todo, menos de humano. Y de la misma manera, lo atrapé, y no podía parar de reír mientras me picoteaba la cara.

Hablas constantemente de Dios y de rezar. ¿Qué es rezar? ¿Fue solo eso lo que te mantuvo con vida? Mucha gente en situaciones similares encuentra fuerza en los seres queridos que no quiere dejar atrás, inventa amigos imaginarios… ¿Fue Dios tu Wilson?
Para mí es completamente real. Hasta entonces nunca lo había sido. Nunca me había interesado. A mi familia la olvidé, a la gente la olvidé. Nadie iba a venir a por mí. Nadie me iba a ayudar, pero creí que Dios quizá podría. Al principio me enfadé por estar en esa situación. Pero, ¿qué ganaba? Entonces comencé a pedirle cosas. No paraba de pedir: le pedía que no me enfermase, que los tiburones no rompieran la barca con sus coletazos, que no se hundiera; le pedía que me trajera comida, pájaros, peces, que no me dejara morir, que me regalara un día más… Le pedía todo. De una manera que no me explico, eso me daba mucha paz, me quitaba el miedo. Sabía que si moría me iba con él y que si no moría tenía que seguir luchando. Al final, siempre llegaba todo, de una manera u otra. Eso solo me hacía tener más fe a cada día que pasaba.

Por mucha paz que tuvieras, sin embargo, intentaste suicidarte cuatro veces. El hambre, la sed, la piel quemada… No son pocas cosas para no planteárselo.
Sí, pero las cuatro veces la esperanza me paró para que no me matara. Si me mataba, dejaba de existir todo. La vida es lo más grande que hay.

¿Cómo sobreviviste a las tormentas que vinieron después?
Pasé cuatro meses con intensas lluvias. No todos los días, pero casi todos. Pasé frío, pasé calor… Me refugiaba dentro de la caja que usaba para llevar el pescado cuando salía de pesca. Cuando llovía no tenía más remedio que estar días enteros achicando agua porque si no me hundía. La actividad era constante.

Lo que hayas podido aprender en ese viaje es algo que la mayoría de personas no aprenden en toda una vida. La esperanza, la fuerza de voluntad, la experiencia de la soledad más extrema… ¿Cómo es ahora tu vida? Porque lo que suele suceder es que, con la comodidad uno se olvida de todo lo mal que lo ha pasado…
Mi vida es diferente. Ahora cuido de mi vida, la valoro. Cuido de mi hija, de mi madre. Se me ha terminado la valentía inconsciente que tenía de apostarme con mis amigos a ver quién llegaba más mar adentro. Antes no me daba miedo que el mar fuera grande. Ahora ya no voy al mar, trato los problemas, miro el peligro de frente… Y con todo, me aterran cosas como ducharme. Al volver a mi vida corriente, no podía dormir si me duchaba, porque me recordaba a la lluvia.

Si te molestaba ducharte, no quiero imaginarme qué supondría contar y revivir todo esto… ¿Cómo pudo Jonathan Franklin entrevistarte más de 40 veces para terminar publicando el libro?
Él es un escritor especial. Me estudió, se metió en mi mente antes de empezar. El doctor me recomendaba que no hablara de nada, porque tenía que estar concentrado en superar esa experiencia. Las dos primeras veces que vino Jonathan, solo me visitó, sin preguntar nada. Me dijo que llegaría un momento en el que me empezaría a salir todo y me comentó la idea del libro. Yo apenas sé escribir y la idea de recordarlo todo me aterraba porque, como me decía el médico, eso haría que nunca saliese adelante. Pero un día me sentí con fuerzas de hablar. Empezamos a mí manera, con paciencia. Jonathan me decía: cuéntame todo de lo que te acuerdes, palabrita a palabrita. Así empezamos. Tardamos un año para hacer el libro.

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¿Vives ahora del libro?
Sí, no te voy a engañar. Ha sido una bendición, con la que he podido construir mi casa y comprarme un coche. No puedo trabajar en mi historia y en otra cosa a la vez. Estoy ahora con otro libro y con los planes de la película que quieren hacer sobre mí. Además, también tengo limitaciones físicas como para subirme a un andamio. El naufragio me dejó sin fuerzas.

¿Fuiste feliz aquellos 438 días?
Sí, y no te miento.

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