Girona, España, una ciudad de piedra y leyenda

Muy cerca de la Costa Brava, esta locación propone paseos por el viejo casco medieval, restaurantes sofisticados, una gran oferta cultural y varias fiestas populares.

Las casas pintadas de color amarillo y marrón al borde del río Onyar –una estampa típica de la ciudad– apenas ocultan las calles laberínticas del Barri Vell, el barrio antiguo de Girona, España, piedra sobre piedra arriba de un cerro. Por allí está el paseo de las murallas construídas en la época de Carlomagno junto al monasterio benedictino de Sant Pere de Galligants, una joya del estilo románico medieval. Por allí está la imponente Catedral: la nave única del edificio tiene 23 metros de ancho y 35 de altura, apenas 3 metros menos que la basílica de San Pedro en el Vaticano. Por allí está el Call de Girona, que era el barrio donde vivieron los judíos catalanes hasta su expulsión de España en 1492, a pocos metros de la basílica de Sant Feliu y de los baños árabes. Todo esto apenas se adivina cuando el viajero baja del tren en la estación de Girona, ubicada en el sector moderno, al pie del cerro.

Se sabe que en esta ciudad ubicada a pocos kilómetros de las playas de la Costa Brava hay espacio para el cuerpo y sus placeres, así como para el alma y sus creaciones. Por caso, Girona tiene restaurantes como Celler de Can Roca, considerado uno de los mejores de Europa y elegido, esta semana. como el mejor del mundo. El nutrido calendario de fiestas incluye la Cabalgata de los Reyes Magos en enero, las comparsas del Carnaval en febrero, el desfile de antiguos legionarios romanos que bajan desde la Catedral en Semana Santa, la celebración dedicada al patrono local Sant Narcis en octubre. En este caso, también habrá un mercado popular y pirotecnia en las calles. Según una leyenda, el santo espantó a los soldados franceses con una invasión de moscas. Hay muchas más fiestas: una de ellas es dedicada a las flores en mayo y otra a la gastronomía en marzo; en abril llega la fiesta de los enamorados Sant Jordi y en septiembre otra fiesta recuerda la lucha contra Napoleón Bonaparte.

Hablando de creaciones espirituales, Girona es la cuna de Bonastruc ça Porta, el nombre catalán del sabio Nahmánides (1194-1270), uno de los maestros fundadores de la Cábala, la tradición mística judía. Un museo que hoy lleva su nombre y está en el “Call de Girona” –en lo que fue una sinagoga sobre la calle de la Força, eje del barrio– recuerda a Nahmánides y cuenta la vida de esta comunidad, clave en Cataluña hasta el siglo XV. No muy lejos y en el mismo barrio, varios tesoros culturales se muestran en la Catedral de Girona, entre ellos los retablos barrocos creados por el escultor Pau Costa y el famoso “Tapiz de la Creación”, tejido en el siglo XII para relatar en delicadas imágenes el origen del mundo de acuerdo con la visión cristiana.

Cuesta arriba y con gusto

El rico folclore de Girona se palpa en los sitios más inesperados, como la Librería Geli –ubicada desde 1879 en la calle Argentería, la calle de los plateros– donde la charla con los libreros y una buena guía local –como la escrita por José María Fonalleras y Francesc Ribes en la colección Anaya Touring– anima a trepar más escalones de piedra.

Una suave pendiente lleva desde la estación ferroviaria hacia el Carrer Nou, la calle que va al Pont de Pedra, el más viejo de los puentes que atraviesa el río Onyar. Allá esperan los cafés de la Rambla de la Llibertat, antesala del casco antiguo y verdadero centro comercial al aire libre. Entre una y otra orilla, la Plaza de la Independencia es como un anticipo de la Girona moderna, el lugar era un convento agustino que se recicló en el siglo XIX como una plaza neoclásica, con grandes arcos, muchos negocios y restaurantes, además de una espléndida vista hacia el río. Justo enfrente de la plaza está la Casa Masó, una de las obras del arquitecto modernista Rafael Masó (1880-1935) que fue contemporáneo de Gaudí. Vale la pena darse una vuelta por la calle Santa Eugenia –caminando hacia el Parc Central– para ver algunas de las obras maestras de Masó, como la Casa Teixidor, la Casa de la Punxa y la Farinera Teixidor.

En un juego de simetrías hecho de plazas, iglesias y mercados medievales, Girona invita a vagabundear sin miedo a perderse. Es que la ciudad nació hace mil años como una colonia romana montada sobre un cerro fortificado: debía defender la Via Augusta, ruta que hoy subsiste en la calle de la Força. En parte, las murallas romanas todavía se ven en la plaza de Sant Feliu, frente a la iglesia del mismo nombre –el campanario gótico se ve desde todas partes– donde descansa Sant Narcis, el santo patrono de Girona. La plaza es otro ícono de la ciudad también por “la leona”, una escultura –el felino está trepado a una columna, con la cola enroscada– que hay que tocar para volver a ver Girona, según dicen.

La ciudad medieval creció hasta el siglo XV al norte de la “Força Vella” –la vieja fortaleza romana– con los barrios de Sant Feliu y Sant Pere, al oeste con el Mercadal y hacia el sur con los barrios de Vilanova y Areny. Para cuidar ese crecimiento se construyeron las murallas de la época de Carlomagno y otras más, que hoy se pueden recorrer a pie. Desde esas alturas, la vista de la ciudad es inolvidable. Un buen punto para iniciar la caminata es el monasterio benedictino de Sant Pere de Galligants, no muy lejos de los baños árabes, otra obra románica del siglo XII inspirada en las termas musulmanas de la época.

Tal vez por las nieblas del invierno y la historia de más de cuarenta asedios militares, en Girona nacieron personajes folclóricos, rescatados como muñecos gigantes y cabezudos que presiden los desfiles en las fiestas. Se los puede ver también en el Museo de Historia de Girona, ubicado en un palacio gótico del Barri Vell. La colección data de 1890 y tiene distintos tamaños: está el juglar y acróbata Tarlá, un artista callejero que entretenía a los pobladores durante la peste de 1348. Y está el Esquivamoscas, con una mosca sobre la nariz. Y están los reyes, los mercaderes, soldados, monjas y plateros. Todos ellos, personajes de una ciudad hecha de piedra y de leyendas. Una ciudad que durante años vivió como una bella durmiente, guardando sus tesoros para quienes la amaran.

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